Herramientas para transformar II: transición ecológica

Cuidar de nuestra casa

Llega el verano y con ello, los campamentos. Al acercarnos a la naturaleza, no está de más que recordemos una de las señas de identidad de nuestro movimiento como es la defensa y protección del medio ambiente.

Como ya sabemos, las pautas de producción y consumo predominantes en las sociedades industrializadas modernas no pueden mantenerse sin deteriorar gravemente los recursos del planeta y producir grandes desigualdades socio-económicas entre las diferentes regiones. Por tanto, ese modelo insostenible no es generalizable al conjunto de los países de la Tierra, que aspiran a mejorar su calidad de vida.  Debido a ello, desde las últimas décadas del siglo XX y a comienzos del XXI, diferentes ideas acerca del desarrollo se han ido abriendo paso.

Sostenibilidad y calidad de vida.

Hemos de reconocer, sin embargo, que aunque la creciente sensibilización ha ejercido cierta influencia en los sistemas de producción, los nuevos estilos de vida, fundamentalmente en los países industrializados, han conducido a nuevas pautas insostenibles: la carga del consumo ha aumentado de forma implacable. Cada vez es más evidente que muchos de los problemas sociales, económicos y ambientales están interrelacionados entre sí y constituyen problemas de desarrollo.

Un desarrollo verdaderamente sostenible debería tratar fundamentalmente de las relaciones entre las personas, y entre éstas y su medio ambiente. Está, por tanto, vinculado a los modelos de desarrollo social y económico, donde el elemento humano es fundamental. De esta forma, son tanto las relaciones sociales y económicas entre los pueblos como la relación de éstos con los recursos naturales lo que facilitará o entorpecerá el proceso hacia la sostenibilidad. Es ya clásica la definición que, hecha pública en 1987 por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, identifica el desarrollo sostenible con “el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”. Por tanto, el desarrollo sostenible está estrechamente relacionado con una calidad de vida que respeta los límites ambientales, responde a las necesidades económicas y sociales, y promueve la equidad.

Vincular la educación con la transición ecológica

Sabemos que el desarrollo sostenible, más que una meta a la que llegar, es un proceso, y que, por lo tanto, no se avanza sólo mediante la aplicación de actividades y proyectos. Como todo proceso social, depende de los valores y formas de comportamiento humano. Esta realidad confiere a la educación, y más concretamente a la educación para la transición ecológica, una función estratégica. En efecto, la necesaria “reconversión” de la educación en la transición ecológica puede y debe ser un factor estratégico que incida en el modelo de desarrollo establecido para reorientarlo hacia la sostenibilidad y la equidad.

La educación para la transición ecológica debe ser un movimiento de pensamiento y acción que promueva el respeto y cuidado de las personas –incluidas las generaciones presentes y futuras–, de la diversidad, del medio ambiente y de los recursos del planeta. La educación que demos debe ayudar  a comprendernos a nosotros mismos y a los demás, a la vez que entender los vínculos que nos unen a los entornos naturales y sociales. Esto nos proporcionará una buena base para construir los valores que sustentan las nociones de respeto y cuidado.

Consecuentemente, la educación para la transición ecológica nos capacita para desarrollar comportamientos y prácticas que permitan a todos los seres humanos satisfacer sus necesidades básicas, y vivir una vida plena. Para ello, el proceso educativo ha de promover un aprendizaje innovador –caracterizado por la anticipación y la participación– que permita no sólo comprender sino también implicarse en aquello que queremos entender. Evidentemente, la búsqueda de la sostenibilidad no sólo depende de la educación. Hay otros muchos factores que influyen en el desarrollo de los valores y los procesos que promueven la transición ecológica: la gobernanza, las relaciones entre los sexos, la organización económica, la participación en la toma de decisiones, etc.

Hemos de tener en cuenta que la educación es, a la vez, producto social e instrumento de transformación de la propia sociedad. Si el resto de los agentes sociales no actúa en la dirección del cambio, es muy improbable que la educación por sí sola transforme el complejo entramado de los problemas socioambientales, las relaciones de producción, las pautas de consumo y, en definitiva, el modelo de desarrollo establecido. Resultaría prácticamente imposible promover un desarrollo sostenible sin modificar esas estructuras. Dentro de nuestro proyecto educativo es imperativo, por tanto, la incidencia política, el posicionamiento y la denuncia. Un ejemplo de ello es el reciente manifiesto suscrito por las presidencias de SCA en el Día Mundial del Medio Ambiente.

Espacios de aprendizaje

La educación para la transición ecológica se dirige a todas las personas, independientemente de su edad. Se desarrolla desde la perspectiva del aprendizaje a lo largo de toda la vida, y utiliza todas las modalidades de aprendizaje: formal, no formal e informal. La educación para la transición ecológica refleja la preocupación por una educación de elevada calidad que ayude a las personas a entender lo que pasa (saber), a sentirse parte de la sociedad en la que viven (saber ser) y a conocer cómo pueden participar en los procesos de desarrollo (saber hacer).

En las actividades dentro de nuestro movimiento debemos, además, desarrollar la capacidad de aprender a aprender. Es bastante habitual referirse a la escuela (enseñanza formal) como “sede” del aprendizaje, a pesar de que sabemos que se aprende más fuera del sistema escolar, a lo largo de la vida, en las interacciones cotidianas, en la familia, en el centro de trabajo, los círculos de amistades o los grupos scout, viendo la televisión, usando el ordenador, observando, experimentando y aprendiendo de los errores.

Hemos de ser conscientes de que los conocimientos y prácticas que se aprenden inicialmente se incorporarán a los hábitos individuales y colectivos mediante multitud de pequeñas decisiones y actividades diarias. Por lo tanto, cuando planifiquemos programas o estrategias educativas debemos tenerlo en cuenta, y reconocer que la educación para la transición ecológica se enseña, pero sobre todo se aprende y se modela mediante pautas, a veces inconscientes, de vida y relaciones. En realidad, sería mejor hablar de aprendizaje en lugar de educación, ya que el protagonismo es de quien aprende.

Por otra parte, este aprendizaje no debe limitarse a la esfera individual, sino que también debe desarrollar la capacidad de colaborar con otras personas para provocar un cambio en las instituciones y estructuras sociales. Hemos de promover, por lo tanto, la participación personal y grupal en la búsqueda de pautas de organización y en la experimentación de cambios sociales. Así, estaremos poniendo valor al esfuerzo por encontrar los mecanismos y las estructuras más idóneas para avanzar hacia modelos sostenibles.

Integrar educación y gestión

El espíritu que debe liderar el diseño y la aplicación de los programas pedagógicos para la transición ecológica ha de ser el de fomentar la participación en la planificación y gestión del desarrollo sostenible, tal como se propone desde la nueva metodología. Así, la práctica educativa en nuestros grupos debe estar relacionada con los problemas y el uso de los recursos en cada localidad, y vinculada con el desarrollo local y regional. Esta implicación, además, supone una forma de acción que tiene gran poder educativo, ya que lo que enseñamos es, fundamentalmente, resultado de la participación en “contextos significativos”.

La participación de los diferentes agentes sociales y la ciudadanía en las decisiones y actuaciones que modelan el tipo de desarrollo es una exigencia democrática, basada en el derecho de la ciudadanía a la consulta, a la iniciativa y a la transparencia en la gestión de lo público; y una condición necesaria para que esas acciones sean eficaces y sostenibles. Solamente saldrán adelante las estrategias y los planes que alcancen un consenso con la población afectada, lo que dependerá mucho de su conocimiento de las propuestas, de la valoración que les conceda y, en definitiva, de su implicación en las mismas. Las decisiones que se adoptan dependen, en definitiva, de los valores dominantes en la comunidad o grupo. Es decir, debemos transmitir que las soluciones han de basarse en decisiones democráticas y responsables, que tengan en cuenta los intereses de las futuras generaciones, garantizando la participación real de las presentes.

De esta forma, la educación y la gestión son variables interdependientes. Por una parte, la educación es un potente instrumento al servicio de una correcta gestión. Por otra, la mejor forma de cambiar las mentalidades es realizar una gestión adecuada, ya que ésta promueve hábitos y acciones que generan, de facto, una cultura determinada. En consecuencia, lo mismo que los programas pedagógicos han de tener en cuenta el aspecto de gestión que se realiza, los proyectos de gestión deben contemplar aspectos pedagógicos. Debe existir una integración y una influencia mutua. Ejemplo de ello son la gestión de nuestros campamentos y reuniones. ¿Se gestionan de forma sostenible?¿Dan ejemplo de un buen modelo social?

Ahora tú, ¿que opinas?

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