Herramientas para transformar: el modelo de sociedad

Construyendo un mundo más justo

Como parte del Proyecto Mundo, a fin de renovar y actualizar la perspectiva transformadora de SCA, iremos publicando una serie de boletines temáticos relacionados con el área.

Hoy venimos a reflexionar sobre una herramienta fundamental no ya estrictamente en el ámbito país, sino en el núcleo de la acción transformadora del Movimiento Scout Católico: el Modelo de Sociedad.

La creación de una ciudadanía transformadora, cuya implicación y participación contribuyan al cambio social precisa que la persona o el colectivo en el que trabaja (en nuestro caso, los grupos scout) tengan un modelo claro y definido, un horizonte ideal al que aspirar que sirva como guía para plantear los retos y metas a conseguir: el Modelo de Sociedad. De esta forma, no nos limitaremos a “poner parches” sino a encaminar nuestras acciones y educación hacia una sociedad más sostenible y justa.

El Modelo de Sociedad de SCA se encuentra recogido en el capítulo 5 del Proyecto Hércules, lo que no impide que las asociaciones y grupos puedan concretar modelos propios que completen o especifiquen los postulados de este.  

El Modelo de Sociedad con el que trabajemos debe dar respuesta a los problemas fundamentales que se están dando en la sociedad actual: ¿cómo se relacionan las personas dentro de nuestro modelo? ¿Cuáles son sus valores principales? ¿Cómo gestiona el modelo la diversidad? ¿Cómo se relaciona con el medio ambiente? ¿Cómo es la relación entre sus estructuras productiva y reproductiva? ¿Cómo llega a la globalidad desde lo local? ¿Cómo gestiona la sociedad los recursos escasos o la generación de residuos? Estas son algunas perspectivas que el modelo debe atender, pero no son las únicas. Por cada desigualdad, injusticia o problema social, debemos pensar en cómo sería resuelto en nuestro modelo de sociedad. Cuanta más coherencia y fundamento haya en los postulados de nuestro modelo, más fuerte y útil será. Es importante, además, que sean modelos consensuados con nuestros equipos de trabajo.

El consenso refuerza los idearios

Desde dicho modelo, los kraales, grupos o ADEs deberán preguntarse qué hace falta para acercar la sociedad actual al ideal planteado. No sólo es esencial que se detecten las carencias, sino también que seamos capaces de transmitir a las ramas su papel y responsabilidad en el cambio en cuestión. Esto es lo que sería la toma de conciencia. Desde aquí, y atendiendo al campo de influencia, las capacidades y los recursos desde los que se trabajen, se construirán las iniciativas transformadoras en nuestras planificaciones. En este punto es donde la creatividad y la imaginación en la creación de alternativas son importantes, ya que pueden plantearse diversas vías para la misma meta.

Puede pasar que el modelo planteado sea demasiado utópico o lejano y nos desmotivemos o las ideas que surjan sean tan revolucionarias que resulten inviables en la práctica. Cuando esto ocurre, tendremos dos alternativas posibles: acercar más el modelo a la realidad (haciendo más viables los caminos para llegar a él) o plantear modelos intermedios entre la realidad y este (crear modelos de transición). En caso de que nos planteemos modelos de transición, puede ser útil que estos sean, a su vez, sectoriales. Por ejemplo, plantear un modelo de transición ecológica, si la sostenibilidad ambiental es el campo de actuación donde queremos incidir; o un modelo de transición cultural, si lo que elegimos trabajar en la diversidad. En las ramas más mayores, puede ser útil trabajar esto con ellas directamente incluso.

Aunque planteemos modelos de transición sectoriales, tener modelos de sociedad integrales nos ayudará como asociaciones y como kraales a revisar la integridad y coherencia de nuestras actividades a la hora de trabajar en colaboración o en red. Si sólo empleamos modelos sectoriales, es posible que a priori los integrantes de ambas partes no veamos relación entre nuestros objetivos, pero será más fácil tomar la decisión y ver la coherencia o no de estos si tenemos un modelo integral de sociedad que comparar. Las sinergias en este caso pueden ser casi automáticas muchas veces.

La herramienta del Modelo de Sociedad puede trabajarse igualmente en el ámbito del Progreso Personal. Tener un modelo de sociedad integral propio, coherente con el Movimiento, ayudará a las y los jóvenes a tomar decisiones de posicionamiento social (como unirse a un voluntariado, por ejemplo), pero también a ser más coherentes con su estilo de vida y a desarrollar pequeños cambios en este que puedan contribuir al modelo planteado (desde la separación de la basura al replanteamiento de los roles de género). Lo que es claro es que articular el planteamiento de un modelo de sociedad como herramienta pedagógica y su contraste con la realidad social remarcará los “desajustes” existentes e invitará a la acción.

Aprender haciendo: la educación por la acción

No hay limites de edad para la acción

Para trabajar la opción país no sólo es necesario hacerlo desde los objetivos, sino también desde la metodología. La enseñanza se lleva a cabo desde la manera de hacer las cosas además de desde los resultados. Eso quiere decir que las acciones que se lleven a cabo deben fomentar el trabajo colectivo y la participación democrática, evitando tratar a las ramas como meras participantes o receptoras de conocimientos y acciones. De esta forma se educa no sólo en contenido sino en experiencia, actitudes y costumbre de trabajar en equipo, toma de decisiones participativas y acción conjunta y cooperativa. Esto no es más que aplicar la metodología que ya tenemos: educación por la acción.

Si el objetivo de nuestra educación son sujetos con iniciativa, creatividad y capacidad de trabajo conjunto, el aprendizaje debe construirse con la persona como participante, debe ser dialógico, y basarse en la experiencia propia. Aunque sea una vía más “complicada”, es la más eficaz.

Para ello, la experiencia democrática debe ser nuestra herramienta de trabajo. Podemos encontrar una amplia variedad de modelos de participación, pero por lo general se ciñen al esquema clásico del procedimiento o proyecto:

  • Análisis.

En el caso de los procesos participativos transformadores, este análisis sería el resultado del contraste del entorno observado y el Modelo de Sociedad consensuado ya mencionado (final o de transición, integral o sectorial). Si bien esta labor es difícil llevarla a cabo de forma objetiva, debemos estar atentos a los sesgos ideológicos o personales que puedan aparecer en la detección de las carencias y fortalezas, lo que implica que debemos eliminar toda idea preconcebida a la hora de diseñar nuestras herramientas de análisis. Es importante fomentar el debate y plantear las cuestiones correctas que hagan al grupo plantearse dichos sesgos.

  • Objetivos.

Con los resultados del análisis, el grupo debe decidir democráticamente su punto de incidencia y su meta a alcanzar. Estos objetivos deben ser lo más concretos posible, alcanzables, realistas y evaluables en un determinado periodo de tiempo. Debemos evitar usar formulaciones indeterminadas como “fomentar” o “incentivar” y tener claro nuestro horizonte temporal de referencia.

  • Planificación.

Aquí es crucial el buen desglose y reparto de las tareas, la temporalización  de estas y el establecimiento de mecanismos de coordinación, que permitan conseguir los objetivos de forma colectiva y participativa, sin que haya concentración ni dispersión de responsabilidades.

  • Acción.

Las acciones deben estar dirigidas por la planificación, pero no rígidamente sujetas a esta. Debemos ser flexibles y no perder de vista el sentido instrumental de las programaciones y los cambios que pueden surgir en el entorno o el grupo. La resiliencia del grupo debe ser trabajada para adaptar las planificaciones sobre la marcha para adaptarse al entorno cambiante sin que haya excesivos costos materiales, sociales o emocionales. Por otra parte, las acciones pueden ser una o varias, al unísono o repartidas temporal o espacialmente…la realización y disposición debe ser adaptada a las múltiples realidades del grupo y de los objetivos a alcanzar. Como ejemplo, la marcha de un miembro del grupo con determinadas responsabilidades no debe afectar a la buena marcha de los procesos.

  • Evaluación.

La evaluación de los distintos procesos dentro de un proyecto debe partir de la persona o personas que tenían encomendadas dichas responsabilidades. Son ellas las que deberán poner en conocimiento del grupo las dificultades encontradas, las soluciones aplicadas, los cambios hechos sobre lo planificado y los resultados obtenidos frente a los esperados. Desde ahí, el resto del colectivo podrá dar un feedback fundado, sobre las decisiones y resultados de dicho proceso. Es importante que haya a su vez una evaluación global e integral de todo el proceso colectivo, que incluya todos los mecanismos interseccionales y circunstancias comunes que hayan podido afectarlo.

Finalmente, tanto como por lo conseguido como por lo aprendido, es recomendable algún evento o actividad de cierre o celebración, poniendo en valor todo el trabajo hecho y creando cohesión de grupo y mejorando las relaciones personales.

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